la metamorfosis esperada

Las mariposas siempre han sido un elemento recurrente en mi trabajo. Me interesa su simbología en cuanto a símbolo del alma, por su atracción inconsciente hacia lo luminoso. Pero sobre todo por el proceso de metamorfosis. Y es metamorfosis la palabra que he decidido emplear para hablar de cambio, de evolución. Este proyecto, en su conjunto, habla de una transformación a nivel interior que responde en primera y última instancia a un proceso psíquico de maduración a través de la introspección, y que se traduce, a través de este proyecto, en un trabajo mucho más positivo y alegre. Sigo hablando de la infancia, de mi infancia, pero ahora ya no desde la perspectiva de la pena y el dolor. Sino bajo otro prisma más optimista. Es ahora cuando me atrevo a crear un mundo mágico para albergar mis fantasías y mis miedos, mis sueños y deseos. He reinventado mi infancia. Y me he convertido en Caperucita, Pipi Calzaslargas o Alicia.

Y es a ella, a Alicia, a quien quiero dedicar este trabajo.

Eres mi inagotable fuente de inspiración.

En tu memoria, mamá.

 

serie de ilustraciones

La Metamorfosis Esperada

Técnica mixta
Impresión digital
Seriadas. Edición de 10 + 2 PA
2011

 

Vista de sala

Capilla de Santa María, Lugo
Del 24 de noviembre de 2011 al 8 de enero de 2012

Prólogo

Vídeo digital
2011
Audio: Jose Lemur
Voz: Aymará Ghiglione

 

a aquella niña se la tragó el espejo

Vídeo digital HD
2011
Texto y voz: Regina Carreira
Audio: Jose Lemu

 

 

A aquella niña se la tragó el espejo

Al otro lado había seres fantásticos: faunos, insectos, lagartos; hadas, príncipes y villanos. La hierba crecía más verde que en ningún otro lugar y ella pasó años peinando la frondosidad de aquel campo, sembrado de libélulas, recuerdos y pasado. Tras muchas madrugadas de intenso trabajo, despertó mirando al cielo y en lo más alto, una estrella rauda como un cometa brilló con fulgor y en un movimiento fugaz susurró:

“Aquí empieza tu historia, mi pequeña. Tu viaje apremia. Conocerás el tormento, la angustia y el sueño; pero no temas: yo te acompañaré. El periplo es largo, ve despacio. Por el día caminarás, por la noche te esconderás y recuerda: ¡Nunca debes mirar la luna!”.

La niña se aventuró en el laberinto y franqueó el primer arco. Atrás quedaba el campo de libélulas, recuerdos y pasado.

En la primera encrucijada del dédalo salió a su encuentro una liebre muy alterada. La estrella brillaba en el firmamento: “Llego tarde, llego tarde”, mascullaba irritada. “¿Adónde?”, preguntó la niña. “Al torneo”, replicaba la liebre desbocada y miraba su reloj atemorizada.

Al tocar al animal en un intento por atraparla, a la niña le crecieron las orejas como a un roedor. Percibió cómo su sentido del oído se agudizaba de repente; sus dientes se separaban lentamente: “Con mis orejas, oirás mejor”, le dijo. “Te harán falta, ya que en el laberinto la vida es hostil y encantada”.

La liebre desapareció y la niña encontró cobijo al lado de un baobab. De la nada surgió una jirafa. Fascinada ante tal elegancia, al rozar su piel, la niña notó como su cuerpo permutaba. Topos y lunares vestían su esqueleto de color malva: “Toma mi color de piel pequeña”, dijo la jirafa: “En el laberinto la vida es temeraria y este camuflaje te guardará tras las montañas”.

Pasaron semanas y al cabo de varios meses el pelo de la niña había crecido tanto que tuvo que enredarlo para no pisarlo. En sus cabellos habían anidado larvas de gusano. De pupa tornaron a mariposas y la niña las vio subir al cielo, coronar las estrellas; entre las cuales una de ellas, la más bella, susurraba: “Cuidado con la luna, huye pequeña”.

Pasaron los años y a la niña le crecieron cuernos de ciervo, hocico de lobo, uñas de gato: podía derribar los muros de madera, olía el peligro a leguas y de un toque abría las cerraduras de las puertas, tras las cuales no hallaba respuesta.

La fauna del laberinto la había dotado de poderes sobrehumanos, pero a pesar de ello vivía en perpetuo desasosiego, acechada por la luna. Era tal su agonía, que su corazón palideció y un atardecer, cayendo rendida de tanto caminar, desfalleció.

Dormía ya la niña cuando al anochecer, de nuevo erguida, se sorprendió mirando al cielo y allí la vio: la luna entera, redonda, alpaca y hermosa. La estrella ya no estaba; un viento lunático se lo llevaba todo. Los muros del laberinto se convirtieron en cárcel; seres inhumanos le cortaron los cabellos. Y tras los barrotes, atemorizada, su estrella, su guía y atalaya, ya no repicaba, no estaba, se había perdido para siempre.

Pasaron los años, dos lustros, una década; y una mañana, de repente, recibió la visita de un pequeño ratón: “Me manda tu estrella, pequeña”, le dijo. “Yo conozco la salida del laberinto”, Tienes que venir conmigo. Te llevaré al otro lado. He cavado un túnel durante años, pero antes tienes que hacer algo por mí”. La niña preguntó: “¿Qué quieres saber, astuto roedor?”. Erguido sobre sus patas traseras, al oído masculló: “¿Qué tienen en común el caparazón de una tortuga, un camaleón y esta prisión? Reflexionó un instante la niña y contestó: “Aparentemente nada”. “Te equivocas”, dijo el ratón: “La tortuga se vuelve caparazón cuando detecta una amenaza para protegerse; su estado cambia, como el color del camaleón, que le permite sobrevivir. Estos muros que te han aislado tanto tiempo en el fondo son de vapor”. “¿Pero qué dices?”, replicó la niña. “Son sólidos como el granito”. “Cuando el miedo nos invade, buscamos protección. Cuanto más robusta y maciza sea una pared, mayor cobijo encontramos”. “¡Exacto!”, exclama la niña”. “Los muros se vuelven de vapor cuando afrontamos el miedo y salimos del caparazón, como el color del camaleón que vuelve a su estado natural después de la amenaza”. “Eso es pequeña: después de la tempestad viene la calma; después del miedo, la serenidad; el cambio trae la evolución”. La niña abre los ojos, ya lo entiende todo: “La luna me atrapó y todo se volvió miedo. El laberinto se convirtió de pronto en cárcel y perdí todos los poderes que había adquirido en el dédalo. Cuando cortaron mis cabellos, sentí que la estrella se había marchado.” “Pero siempre estuvo contigo. Tú no la veías, porque la luna era tan grande que te cegaba”. La niña acaricia el muro de la cárcel y comprueba de pronto que es como de vapor. Una estrella en el cielo brilla radiante, fina como un estilete. La niña retoma su camino: a paso lento, enjuto y sosegado. La metamorfosis había llegado.

Regina Carreira López

(Texto en catálogo)